Paseos y excursiones:
Tranquilas calles con aire europeo
La vegetación que domina los cerros cercanos y los cuidados jardines de las tradicionales casas de madera aportan identidad y carácter a esta villa con historia propia.
Al llegar a Frutillar desde lo alto, se abre ante la vista una amplia bahía del lago Llanquihue, con la ciudad desplegada suavemente a lo largo de su costa. En sus veredas y construcciones se refleja la historia local, visible en edificaciones cuidadosamente preservadas, algunas con más de 150 años de antigüedad.
Nos desplazamos por la costanera y la vista de los volcanes Osorno y Calbuco nos atrapó de inmediato. La playa, la arboleda y el trazado prolijo de la avenida Philippi enmarcan este paseo que invita a caminarlo de punta a punta.
Resulta admirable el valor otorgado a las antiguas casonas de origen alemán, muchas de las cuales continúan siendo residencias particulares, mientras que otras han sido adaptadas para funcionar como hoteles boutique, casas de té, restaurantes o locales de artesanías, abiertos durante todo el año.
Muchas conservan aún su revestimiento original y sus techos de tejuelas de alerce originales, junto con los amplios ventanales que ofrecen vistas privilegiadas del lago. Dos edificios especialmente representativos de esa época son la casa Richter, hoy sede de la Escuela de Artes, y la iglesia luterana.
Hicimos un alto en una de las tradicionales casas de té para disfrutar de su excelente repostería y dejarnos llevar por la atmósfera serena del paisaje. Probamos el clásico kuchen, emblema de la herencia alemana, elaborado según recetas transmitidas de generación en generación y ofreciendo una gran variedad de sabores.
Frente al edificio municipal, un tablero de ajedrez gigante pintado en el suelo, con piezas móviles, invita a vecinos y visitantes a detenerse y jugar. A pocos pasos de allí, el Teatro del Lago se impone como el principal símbolo cultural de la ciudad: una moderna obra arquitectónica que reafirma el profundo vínculo de Frutillar con la música y las artes. En sus salas se desarrollan las reconocidas Semanas Musicales, que cada verano convocan a intérpretes y público de distintos puntos del país y del exterior, mientras su imponente silueta sobre la costa y los detalles musicales a lo largo de la costanera refuerzan esta identidad.
Seguimos con nuestra caminata y tomamos la calle Pérez Rosales, paralela a la anterior y de características similares. Nos detuvimos a observar jardines y residencias particulares; combinan armónicamente la impronta chilena y alemana. En esta arteria también se concentran varios locales gastronómicos que ofrecen cervezas artesanales y platos regionales, con protagonismo del cordero y el cerdo.
Llegamos al Museo Colonial Alemán en el que, rodeados de un cuidado parque, recorrimos la casa patronal, el molino, la herrería y otras construcciones que permiten comprender el modo de vida de los primeros inmigrantes alemanes asentados en la zona.
Para conocer Frutillar Alto es necesario atravesar un marcado cambio de altitud que conduce a una zona desde donde los miradores ofrecen vistas panorámicas de la bahía y del lago, ideales para la fotografía. Allí recorrimos sus calles más amplias, donde se concentran comercios, escuelas, bancos, edificios residenciales y la terminal de ómnibus, mientras la traza del ferrocarril permanece como una huella tangible de la colonización y de su importancia histórica como vía de comunicación.
Al caer la noche, las luces de la costanera se reflejaban sobre el lago. El aire fresco y la calma del entorno daban cuenta de una vida nocturna más íntima, que se desarrolla principalmente en restaurantes y hogares, puertas adentro.
Frutillar es una ciudad que conserva el espíritu de un pueblo: cercanía entre sus habitantes, trato amable y un compromiso constante con el desarrollo turístico. Se respira tranquilidad, cultura y música, y con esa sensación construimos nuestro relato de esta encantadora localidad.
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