Karina Jozami
Después de pasar por Pasarela, tomamos la balsa para cruzar la unión del lago Carrera con el lago Bertrand y, a pocos kilómetros, empezaron a aparecer los carteles que indicaban “Las Capillas de Mármol”. Sin divisarlas todavía, parábamos a sacar fotos del Carrera, cada vez más azul y más lindo, con un sol que ahora brillaba en el cielo.
Teníamos el dato. Nos habían dicho que para conocer las capillas debíamos llegar hasta un poco antes de puerto Río Tranquilo y preguntar por Pedro Contreras.
Divisamos el ingreso y empezamos a bajar por un sendero que se internaba en un bosquecito hasta la costa. La casa de los Contreras estaba escondida y silenciosa, con algunos botes amarrados a su costado. |
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Nos salió a recibir Johnny, hijo de Pedro, que para esa hora de la tarde ya estaba tomando sus mates con unos “calzones rotos” recién hechos. Pero como todavía había buena luz, decidimos compartir los mates al regreso y nos preparamos para salir enseguida.
Las riquezas de Trapananda
Navegamos, por espacio de media hora, las azules aguas del Chelenko, el nombre índigena del Carrera. |
Johnny acercó el bote lentamente a la primera formación, una enorme roca que superficialmente se mostraba rugosa y oscura. Pero cuando la rodeamos, apreciamos las intrincadas galerías de mármol que se descubren antes de sumergirse en el lago.
Lo que da origen a esta maravillosas obras arquitectónicas naturales es una península de mármol macizo, una franja costera de 300 metros donde emergen una sucesión de cuevas que se desprenden de la superficie del espejo de agua. |
La persistente erosión de las aguas que golpearon el macizo por más de 300 millones de años ha pulido y labrado la roca caliza, donde se descubren las vetas de mármol de tonalidades blanco puro, azul grisáceo y rosado, producidas por las diversas impurezas de cuarzo y limonita.
Si en algo pudo haberse inspirado la leyenda de Trapananda, una de las ciudades de los Césares que permanece oculta en la indómita región del Aysén, es en la majestuosidad de las Capillas de Mármol. |
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Nosotras estábamos extasiadas descubriendo nuevas formas, mientras Johnny se internaba por los antojadizos recovecos que parecían más y más estrechos. Cuando nos internamos en lo que llaman “La Catedral”, experimentamos un descenso brusco de la temperatura. El corazón de la roca mostraba sus cavidades marmóreas de colores cambiantes. Por los huecos, se colaban las montañas nevadas, las islas frondosas y el agua turquesa.
El tiempo pasaba y nosotros seguíamos sacando fotos pero debíamos regresar. Después de dar unas vueltas más, el guía marcó el rumbo de retorno. Aunque el viento frío se hacía sentir, no nos importaba. Aún continuábamos maravilladas con el espectáculo. |
Al llegar, unos turistas esperaban en la costa. Cada temporada estival, más de 3.000 personas se acercan para realizar esta excursión.
Johnny nos convidó unos mates y los calzones rotos a los que había renunciado para llevarnos. La tarde caía tranquila pero todavía le quedaba un viaje más hacia las capillas. |
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1 hora, de acuerdo a las condiciones climáticas.
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